En estas circunstancias tan sui géneris que estamos viviendo, también se pone a prueba la capacidad que tenemos de tolerar la ambigüedad, las frustraciones, la NADA cotidiana que nos embarga. Como en un examen, estamos tratando de salir airosos de él sin que nos suspendan. Con la salvedad de que es un examen ajeno a nuestras voluntades que -no obstante- supone una oportunidad de crecimiento y de búsqueda de soluciones positivas a los eventos que la vida nos está imponiendo.

Con este prolegómeno quiero hacer referencia a un proceso que se da en el ámbito educacional, pero que se desplaza de los límites de ese campo entremezclándose con otros como la comunicación social, la sociología, la política, la antropología… etc. Me refiero a la educación inclusiva, sobre la que escribieron autores como Verdugo y Schalock señalando que “…el éxito o fracaso de estos de las políticas tendentes a mejorar la inclusión social de las personas con discapacidad, depende en gran medida del grado de conocimiento, las creencias y las actitudes de la sociedad hacia la discapacidad”.

Está claro que en una sociedad donde afloran conductas negativas (por ejemplo, cuando hemos visto hace poco a madres con un brazalete azul sacar a sus hijos de sus hogares por prescripción médica o psicológica siendo increpadas y acusadas por algunos miembros de su comunidad), hemos de evitar comportamientos estigmatizantes y de franca exclusión social. Este tipo de actitudes deben ser superadas y no podemos permitir que se repitan. Y la mejor forma de lograrlo es educando en pro de una sociedad inclusiva, ayudando -en lo que a cada uno concierne- a construir una sociedad cada vez mejor. Esto es, una sociedad donde la integración y la inclusión sean una fortaleza.

Educar a la sociedad significa modificar actitudes. Que, como los estereotipos, vienen de experiencias vivenciales aprendidas, se moldean a lo largo de la existencia y suelen responder a juicios evaluativos. Con ellos vamos modelando nuestras conductas con un aprendizaje previo, que va desde las observaciones hasta las manifestaciones verbales y las actitudes de los OTROS .

En este punto cabe preguntarse qué es lo que difiere entre una actitud y una conducta. Y la gran diferencia es que la primera entra en el terreno del pensamiento, de lo cognitivo, y se arraiga fuertemente en él de manera estable y consistente. Consecuentemente, dicha actitud (en un determinado momento de la existencia de una persona) puede actuar como un resorte que opera sobre la conducta. Como un disparador del fenómeno volitivo, de la voluntad y las fuerzas motoras del ser humano que nos permite pasar a la acción, al verbo o a ambas.

Todo lo expuesto es educable desde la tolerancia y la comprensión de la persona con necesidades educativas especiales o personales. Y debe llevarse a cabo desde la flexibilidad, el respeto y la aceptación de ese alter que también pudiera ser ego algún día. Por tanto, es deber de primer orden reforzar esa educación en la inclusión que -a la postre- hablará de una sociedad donde ninguno sea extraño. Donde todos y cada uno de sus hijos y sus ciudadanos tengan un justo espacio.

PHUBBING
Niños y Teletrabajo

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