Muchas veces hablamos sobre la rutina, sobre los 21 días que se necesitan para crear un hábito o incluso sobre la organización para hacer una mejor gestión del tiempo. Pero ¿conocemos realmente lo que significan cada uno de estos conceptos?

· Rutina: actividad que realizamos de manera mecánica usualmente.

· Hábito: modo de actuar adquirido por repetición de los mismos actos durante un período de tiempo.

· Organización: dividir las tareas, darles un orden de prioridad, colocarlas en el tiempo teniendo en cuenta diferentes factores (grado de dificultad, satisfacción al realizarlas, duración, etc.) para llevarlas a cabo y conseguir nuestros objetivos.

¿Por qué solemos hacer comentarios del tipo: “necesito salir de la rutina, me cansa”, “qué difícil es adquirir el hábito y qué fácil es perderlo” o “me aburre este horario”?…

Quizá estemos entendiendo la rutina como una cadena de pasos mecanizados e inflexibles, como una actividad que se repite sin sentido. Pero ¿y si intentáramos entenderla como una oportunidad para fomentar nuestra autonomía, crear nuevos aprendizajes, potenciar nuestra autoestima y favorecer nuestro desarrollo personal y creativo?

Hacemos actividades día tras día, ordenadas en secuencia, no innovamos en la manera de desarrollarlas, muchas veces ni entendemos por qué las estamos haciendo. Lo único que queremos es terminarlas y si es rápido, mejor. Esta manera de funcionar aporta el tono monótono a nuestras experiencias más rutinarias.

Ante esta situación nos podríamos proponer un reto: vivir las rutinas como una oportunidad. Y ¿cómo podemos conseguirlo?

· Visualizando las rutinas como eventos positivos para nuestro desarrollo personal.

· Realizándolas como prácticas significativas que nos ayudan a relacionarnos mejor tanto a nivel personal como familiar, social y laboral, ya que potencian nuestra autoestima.

· Organizarse y acostumbrarse a realizarlas con constancia y regularidad, así comprobaremos que podemos plantearnos nuevos objetivos y cumplir nuestras metas.

· Fomentando las rutinas con creatividad y hacerlas atractivas para que nos proporcionen mayor satisfacción personal.

Como bien sabemos, los más pequeños utilizan a los adultos como modelo a seguir, y aprenden observando ¿Podemos empezar a elaborar rutinas para que los niños las vayan convirtiendo en hábitos? Y si es así, ¿puedan organizarse de manera que su día a día esté compensado y se sientan satisfechos consigo mismos?

En la primera infancia, sobre todo, entendemos las rutinas como entornos de aprendizaje. Según R. Driekurs:

“La rutina diaria es para los niños lo que las paredes son para una casa, les da fronteras y dimensión a la vida. La rutina da una sensación de seguridad. La rutina establecida da un sentido de orden del cual nace la libertad”.

Por tanto, una vez que los más pequeños aprendan cuáles son las “paredes de la casa” conseguirán un orden mental que permitirá dedicarse a esa tarea, disfrutándola.

¿Qué beneficios pueden obtener los más pequeños de las rutinas?

· Desarrollar su autonomía.

· Potenciar su equilibrio emocional.

· Fomentar su seguridad y autoconfianza.

· Impulsar su creatividad.

· Regular su energía dependiendo del tipo de actividad que tengan que desarrollar en ese momento.

· Respetar los tiempos teniendo en cuenta los intervalos de fijación de la atención. Es decir, aprovechar al máximo cada período de tiempo dedicándolo a una única actividad, sin caer en el aburrimiento o en la desidia por realizarla de manera única y excesiva.

· Canalizar la ansiedad y la incertidumbre por no saber qué ocurrirá más adelante.

· Aprender por experiencia propia (tras la consecución de diferentes avances, se obtienen resultados, lo que aumenta la autoestima).

· Entrenar diferentes habilidades cognitivas como por ejemplo: la planificación.

· Favorecer las relaciones sociales (tiempos dedicados a compartir intereses con grupo de iguales).

· Crear ambientes de reflexión, solución de dificultades, participación y toma de decisiones.

Si los adultos les proporcionamos estos cimientos, los más pequeños podrán ir asimilando sus “fronteras y dimensiones” en sus vidas. Aprendiendo a darles un espacio en las acciones del día a día, conseguirán un mayor entendimiento de lo que pueden aportar y tomarán la iniciativa para seguir desarrollando sus habilidades.

Por ello, son importantes algunas indicaciones a tener en cuenta para que las rutinas cumplan su función motivadora:

· Las rutinas suponen regularidad, pero no caigamos en el error de confundir regularidad con repetición mecánica. La regularidad supone flexibilidad, autonomía, creatividad y diálogo. Por el contrario, la rutina entendida como repetición mecánica, sería asumirla como una estructura inmóvil e inflexible que sólo se realiza para conseguir unos conocimientos y maneras de ser y estar en diferentes entornos.

· Las rutinas deben incluir momentos de encuentro entre adultos y niños, para cultivar el respeto, la escucha de peticiones y reacciones. Así estos encuentros funcionarán como mecanismos de ajuste a los ritmos, gustos y necesidades de los más pequeños.

· Las rutinas deben ser como un traje a medida para cada niño. Es decir, deben ser únicas y personalizadas. Esta atención individualizada favorecerá la complicidad entre los diferentes miembros de la familia, creando relaciones más estables y sólidas. Crearemos un ambiente calmado, agradable, confortable, de diálogo, pero sobre todo y lo más importante, de respeto por el niño.

· Las rutinas tienen que tener en cuenta los tiempos tanto de preparación de la actividad como de su finalización (materiales, orden del espacio, recogida, etc.). Es importante hacer partícipe a los más pequeños de este proceso de preparativos para que interioricen que toda actividad lleva sus tiempos previos y posteriores, que no es solo realizar la actividad en sí.

¿Qué hacer para no mecanizar nuestras rutinas? ¡Hacerlas con atención!

Pongamos toda nuestra atención en los detalles, en las sensaciones y pensamientos que nos evoca cada actividad que realicemos. Hagamos las cosas estando presentes y con “mente de principiante” (verlo todo como si fuese la primera vez).

La finalidad de este artículo es pues, incidir en la importancia de la rutina pero desde su entendimiento. La rutina entendida como una manera de dedicar el tiempo a todas aquellas cosas que se quieren hacer.

La rutina supone darle variedad al día combinando las diferentes parcelas que componen nuestra vida: familiar, social, escolar/laboral, ocio, tiempo libre, intereses y curiosidades… Aprovechar nuestro día a día de tal manera que lo vivamos como una satisfacción. Por supuesto, a diario existen responsabilidades y obligaciones ¡combinémoslas con pequeñas cosas que nos aporten energía y agrado!

Intentemos hacer lo difícil un poco más fácil y no hagamos que lo difícil nos resulte más difícil por no dejar tiempo para lo que nos beneficia a diferentes niveles.

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