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Estos días de confinamiento, es más frecuente que nunca oír cosas como: “estoy comiendo por ansiedad”, “como mucho porque me aburro” o “como porque estoy agobiad@/aburrid@/ansios@”, y es normal. Estos días podemos sentir un cóctel de emociones, lo que puede conducir a un aumento de lo que llamamos hambre emocional.

El hambre emocional es aquel que nos lleva a hacer “ingestas emocionales”. Es decir, a comer más allá de nuestros requerimientos nutricionales; o lo que es lo mismo, más de lo que nuestro cuerpo necesita para funcionar correctamente.

Sabemos que esto es algo muy frecuente, pero, ¿por qué comemos cuando nos aburrimos?

La comida es un reforzador natural del cerebro, esto significa que nos hace sentir bien, y lo hace de dos maneras:

– Produciendo bienestar, ya que algunos alimentos producen una descarga de neurotransmisores cerebrales que nos hacen sentir placer.

– Evitando el malestar, pues la comida nos puede distraer de ciertos pensamientos que nos preocupan o nos puede producir alivio al reducir la intensidad de emociones que sentimos como desagradables (incertidumbre, aburrimiento…).

No es de extrañar, por tanto, que desde que empezó la crisis del coronavirus, en redes sociales haya habido una profusión de fotos y vídeos de recetas de bizcochos, dulces, pizzas caseras… Hasta los más esquivos con la cocina se han animado estos días a ponerse el delantal y seguir algún que otro tutorial de cocina. Y esto es porque la comida, en especial aquellos alimentos muy palatables (aquellos que contienen azúcar, sal y grasas), tienen la capacidad de producir en las personas calma y bienestar. De esta manera la comida muchas veces actúa como estrategia de regulación emocional.

¿Puede ser esto un problema? Casi todas las personas a lo largo de la vida experimentan episodios de ingesta emocional, y generalmente no tienen consecuencias negativas. Pensemos la persona que tiene un mal día y al cuando llega a casa recurre a un pedido de comida rápida para sentirse mejor, o esa vez que se recurre al helado de chocolate por haber sufrido un desengaño.

Las ingestas emocionales pueden ser un problema cuando van seguidas de culpa y/o malestar, cuando se ingiere más cantidad de comida de la que comerían la mayoría de las personas en un periodo similar, o cuando existe sensación de falta de control sobre lo que se ingiere. Si en algún momento se sufre alguna de estas tres condiciones, se debe consultar con un/a profesional de la salud mental.

¿Cómo se puede evitar que el hambre emocional se convierta en un problema? Un aspecto clave es evitar el sentimiento de culpa. La recomendación principal tras haber tenido una ingesta excesiva, un picoteo o haber comido un alimento “prohibido”, es seguir con normalidad las siguientes ingestas. ¿Por qué? Porque podemos caer en un círculo vicioso: si nos dejamos llevar por la culpa y nos saltamos la siguiente comida esto puede dar lugar a un aumento del hambre real antes de la siguiente ingesta, lo que llevará una vez más a comer en exceso y/o con sensación de pérdida de control, lo que a su vez aumentará de nuevo el malestar.

Por lo que después de una ingesta emocional, lo recomendable es:

– Seguir con la pauta habitual de comidas.

– Aceptar que se ha hecho una ingesta emocional.

– Pararse a pensar en lo que se está sintiendo.

Al fin y al cabo, una única comida no va a tener gran repercusión en el peso, ni en la salud global de una persona. Pero aquí viene el problema: ¿qué ocurre si durante los días de confinamiento esto deja de ser una excepción y durante semanas nos dejamos llevar por el hambre emocional? Lo primero que hay que tener en cuenta es que si esas ingestas están cumpliendo la función de regular las emociones es lógico pensar que si retiramos esos alimentos necesitaremos otros recursos en su lugar que nos permitan regular las emociones. Existen numerosas técnicas de regulación emocional: relajación, respiración, meditación, yoga… o cualquier deporte o actividad que nos ayude a sentirnos bien.

No obstante, quizá estos días toque ser más comprensivos con nosotros mismos y aceptar que la ansiedad, el aburrimiento… van a acompañarnos por momentos en este tiempo de confinamiento y podemos permitirnos “fallar” alguna vez. Por ello, en vez de prohibirse comer, mejor: parar, pensar, aceptarlo y seguir con normalidad.

Eso sí, si se observa que los pensamientos sobre la comida se vuelven obsesivos y recurrentes, es fundamental consultar con un/a especialista.

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