LA VIDA, UN PROCESO DE APRENDIZAJE Y MOTIVACIÓN

El adulto tiene perspectiva e intención de futuro. Está acostumbrado a pensar en el mañana, en el alquiler qué deberá pagar, en que dentro de unos años se jubila, qué hacer de comida en la semana… esta perspectiva, le sirve de motivación para soportar objetivos laborales, cumplir con horarios, tener rutinas…

El niño no tiene esa visión de futuro, para él casi todo es hoy. Si a un niño de seis años le dices: “si no estudias puedes terminar muy mal el día de mañana”, le puede resultar hasta divertido. Si nos sentamos, por ejemplo, ante un bebe de 9 meses debemos observar cuánto esfuerzo le supone conseguir sus objetivos del momento, sin tener en cuenta lo que le corresponde por edad realizarlo para tener un buen funcionamiento de sus capacidades en el futuro.

Aprender a caminar, a controlar esfínteres, a abrir una botella o a subir escaleras requiere una paciencia grandísima, es levantarse y volver a empezar.

Motivarlos, no hacerles nosotros las cosas

Es frecuente que a la hora de dar de comer a niños de 1 año o año y medio, la madre o el padre desesperen, porque los niños van a querer coger la cuchara, intentar llevársela a la boca, pero para ello previamente, mancharan, salpicaran y de lo poco que quede en la cuchara tal vez sonrían cuando, aún con poco, el objetivo esté cumplido; o por ejemplo, cuando quieren empezar a vestirse por sí mismos y están mucho tiempo para meter el botón por el agujero que corresponde, sería más fácil colocárselo tú que ya sabes, pero él adquirirá una gran motivación si lo consigue por sí mismo.

Este tipo de actitudes por parte de los peques hace perder tiempo a los mayores. Sería más rápido si el adulto fuera el que manejara esa cuchara o abrochara la chaqueta. Pero es que la tolerancia a la frustración es mayor y el tiempo de realización es menos importante cuanta menos edad tienes. Es decir, si existe una motivación por aprender y por intentar hacer las cosas, pues vamos a dejar que lleguen a sus objetivos, para saber lo que es alcanzarlos y la gratificación que ello conlleva.

Cuando un niño intenta hacer algo y no lo consigue es bueno que, tras varios intentos fallidos, le preguntemos si necesita ayuda; en vez de correr a su lado, le daríamos así, la oportunidad de que elija por sí mismo si necesita ayuda o no. De esta manera, trabajamos con ellos la tolerancia a la frustración, el poder de decisión, el valor de la insistencia, la motivación y la empatía hacia sí mismos, hacia los demás y hacia los resultados. Hay que diferenciar entre “necesitas ayuda” a “déjame que lo haga yo”.

Evitar comentarios negativos

Uno de nuestros objetivos como padres hacia los niños es evitar “el acomodamiento al fracaso”. Hay muchos niños que sufren consecuencias negativas debido a un refuerzo negativo constante: no vales, al final tengo que hacerlo yo, no me demuestras nada, ya veremos qué resultados traes… son algunos de los ejemplos que pueden haber; debido sobre todo a la rapidez con que queremos que se den unos buenos resultados. Al final, los niños se acomodan al fracaso:” para qué lo voy a hacer si ya saben que voy a fracasar”. Levantar esta actitud y revocarla en nuevas motivaciones, cuesta muchísimo trabajo porque se ha de depositar de nuevo la confianza en ellos mismos y en que vuelvan a confiar en sus referentes y, de alguna forma, los padres en ellos también. Vamos a intentar evitar esta serie de situaciones, dejando de lado también, expresiones como: «no me vayas a fallar» o «confió en ti», que tanta intensidad emocional conllevan, pudiendo llevar al bloqueo o al fracaso.

Al final, todos los niños son especiales en algo, pero hay que transmitirles que para alcanzar esos estudios y objetivos deben pasar por estudios inferiores y etapas anteriores, pero que, finalmente llegarán a lo que realmente quieran ser. Vamos a dejar que la motivación y el entusiasmo no decaiga por tener que manejar etapas previas. Todo es un proceso de aprendizaje y de superación.

Por Cristina Sanz, psicóloga en Psikids.

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