LA INFLUENCIA DE EMOCIONES POSITIVAS EN EL BIENESTAR EMOCIONAL

“Casi todo el mundo piensa que sabe qué es una emoción hasta que intenta definirla. En ese momento, prácticamente nadie, afirma poder entenderla” (Wenger, Jones y Jones, 1962).

Haciendo referencia a Wenger comenzamos hablando de las emociones y la influencia en nuestro bienestar. Los humanos somos seres de instintos, con conductas innatas que nos llevan a experimentar emociones muy dispares. Tanto es así, que en muchas ocasiones no entendemos cómo nos sentimos o, simplemente, no sabemos definirlo.

Las emociones, en gran medida, vienen de la mano de distintas sensaciones, unas más agradables que otras, otras más abrumadoras que unas. Por tanto, una cosa podemos tener clara, y es que las emociones cuanto más positivas mayor sensación de placer experimentamos.

Cuando hablamos de emociones positivas, se hace alusión a la felicidad, cuya definición se basa en la creencia de que el ser humano ha de cubrir las necesidades que, erróneamente, se impone. Una casa donde vivir, una familia y alguien que nos ame, la seguridad de un trabajo que nos guste y nos de dinero, bienes materiales que nos aporten mayor satisfacción… Pero ¿realmente es necesario para ser feliz? ¿Y si no es necesario, qué es entonces la felicidad?

La felicidad es un estado mental subjetivo que emana de la propia persona, fruto de la diversidad de emociones positivas y, su permanencia, dependerá del trabajo personal.

No necesitamos todo aquello que nos imponemos para ser felices, si creemos necesitarlo estaremos evitando la felicidad y es entonces cuando dependeremos de algo que se escapa de nuestro control. Para evitar ese suicidio colectivo, el ser humano ha de centrarse en entender entonces qué es lo que quiere y qué es lo que necesita para conseguir nutrirse de emociones positivas que le generen bienestar mental, físico y espiritual.

Pero… ¿Cómo aprender a crear emociones positivas? He ahí el kit de la cuestión. La gente suele expresar “es muy fácil decirlo, pero lo difícil es hacerlo”; claro que es difícil, pero es ahí donde reside el cambio, en la dificultad. Pues si no lo intentamos no lo conseguiremos, pero si lo intentamos podemos no conseguirlo o conseguirlo, y la única diferencia radica en fracasar por no intentarlo o, no conseguirlo, pero tener la satisfacción de haberlo intentado.

Para comenzar a intentar crear esas emociones positivas, lo primero será detectar las emociones negativas que inundan nuestra mente; todas aquellas rumiaciones, anticipaciones y malestares que retroalimentamos, deberán ser sustituidas por otras más racionales. Es entonces cuando la idea irracional sobre la imposibilidad de generar placer del dolor se difunde. El siguiente punto será reflexionar y aceptar que el dolor y lo negativo es inevitable, lo evitable es el sufrimiento que de ello generamos. Tenemos que aceptar que vamos a experimentar situaciones exógenas que se escapan de nuestro control, lo que sí podremos minimizar es el impacto negativo que tenga sobre nosotros.

La práctica sistemática de esta dinámica, el trabajo continuo, la introspección y aprender a hablar con uno mismo, es lo que ayudará a instaurar y condicionar este aprendizaje en nuestro día a día.

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