Durante décadas se había pensado en el TDAH como un problema exclusivo de los más pequeños de la casa, pero hoy sabemos que no es así. No hay ninguna razón por la que la “ley de conservación de la energía” no aplique también en esta condición y en realidad lo que ocurre -como en tantos otros problemas en psiquiatría- es que los síntomas cambian; se produce una adaptación de los mismos con el paso del tiempo pero, las dificultades de atención, la impulsividad y/o la inquietud, se mantienen.

Los estudios más recientes cifran la presencia del TDAH entre el 2 al 3% de la población mayor de 18 años. Para muchos de ellos es un sufrimiento crónico, ya que “¡siempre han sido así!”. Les cuesta sostener la atención y prestarla en aquellas circunstancias que requieren un esfuerzo mental sostenido, máxime si no les motiva mucho. Terminan realizando las tareas con un sobreesfuerzo cognitivo y emocional notable, lo que conlleva un desgaste y, con el tiempo, es frecuente que derive en ansiedad, lo que les lleva a tener con más frecuencia problemas de ansiedad. También se puede ver afectado el estado de ánimo y la autoestima, ya que es habitual que comentan errores por no prestar atención o como consecuencia de una impulsividad mal controlada.

Un diagnóstico correcto es importante en estos casos, ya que con mucha frecuencia estos pacientes han pasado por diferentes profesionales, que se han fijado en una parte del problema, como puede ser la ansiedad, pero no en el verdadero origen de la dificultad. Para muchos pacientes adultos con TDAH, el mero hecho de poder comprender los que les ocurre, ya condiciona un alivio importante.

Hay muchos cuestionarios que pueden ayudar a un primer cribado, como el Adult ADHD Self-Report Scale(ASRS-v1.1), que ha sido elaborado por la Organización Mundial de la Salud. Pero la confirmación del diagnóstico ha de ser realizada por un clínico con suficiente experiencia.

Dr. Javier Quintero.