Por Carolina Álvarez Ortiz.

Departamento de Psicología. Psikids-El Viso. Madrid

 
 

“Mi hijo/a tiene un miedo exagerado a dormir por las noches”, “Es imposible conseguir que duerma solo/a en su habitación, al final siempre acabamos durmiendo con él/ella”, “Estamos desesperados, hemos probado todo y nada funciona”. ¿Quién no se ha visto en algún momento reflejado/a en estas palabras?

 

¿Qué es el miedo a la oscuridad?

El miedo excesivo a la oscuridad es uno de los miedos más frecuentes en los niños. Suele aparecer ante la llegada de la noche, y está íntimamente ligado con algún peligro o amenaza potencial que el niño anticipa que puede ocurrir: la aparición de un “monstruo, un fantasma, una bruja…” pero no sólo seres imaginados, sino también peligros potencialmente reales, como la entrada de un ladrón en casa. Como consecuencia de ello,  el niño manifiesta respuestas fisiológicas (temblor, agitación, sudoración…), cognitivas (anticipar que algo malo ocurrirá) y conductuales (respuestas de llanto, gritos… o la emisión de conductas que busquen aliviar su malestar, como dormir con un peluche) de ansiedad.

                Entre los 2-3 y los 7-8 años de edad el miedo a la oscuridad constituye uno de los principales miedos considerados como evolutivos, esto es, miedos normales y adaptativos que forman parte del desarrollo del niño, ya que su función principal consiste en actuar como sistema de seguridad -hacen que los niños sean más prudentes, ya que en general el niño no tiende a evaluar las situaciones como arriesgadas o peligrosas-. Los miedos normativos o evolutivos son transitorios, aparecen y desaparecen de forma natural con el paso del tiempo; no obstante, si persisten a edades más avanzadas o interfieren y/o condicionan la vida del niño, podrían convertirse en un problema.

¿Por qué los niños tienen miedo excesivo a la oscuridad?

                Existen diversas hipótesis sobre las posibles causas de este fenómeno, aunque no cabe duda de que, como cualquier otro fenómeno de carácter psicológico, es multicausal. El miedo excesivo a la oscuridad puede haberse originado en el pasado por varios motivos: haber sufrido una experiencia negativa estando solo, escuchar alguna historia o cuento de miedo en algún campamento o en el propio colegio, haber visto una imagen desagradable en alguna serie o película, o simplemente la propia imaginación del niño.

                Ahora bien, ¿por qué se mantiene el problema a día de hoy?. Por las conductas de evitación y/o escape que el niño y su entorno realizan para intentar eliminar este miedo. Los miedos se vencen haciéndoles frente, cuando los evitamos o sobreprotegemos a nuestros hijos en realidad conseguimos el efecto contrario al buscado, potenciamos el miedo y limitamos su capacidad de crecimiento emocional y de afrontamiento.

¿Qué puedo hacer para ayudar a mi hijo a superar su miedo?

imagen2Como hemos comentado anteriormente, el objetivo general que perseguimos para superar el miedo excesivo es el afrontamiento progresivo del miedo, eliminando cualquier conducta que le permita al niño evitar o escapar de él.

A modo resumen, os ofrecemos unas pequeñas pautas de intervención:

 

  • Hablar con nuestro hijo sobre el problema, ofreciéndole apoyo incondicional y total comprensión, pero también mostrándole nuestra confianza en que juntos vamos a solucionar el problema, que es capaz de conseguirlo. Ser modelos “valientes”, no expresarle los propios miedos.
  • Inventarse una historia divertida sobre aquello que teme (por ejemplo: los monstruos en realidad visten con ropa divertida, andan raro…). El objetivo final es que el niño encuentre aspectos “ridículos” y consiga reírse de aquello que teme, facilitando una respuesta incompatible con la ansiedad.
  • A través del juego, conseguir que nuestro hijo se vea a sí mismo como su héroe favorito, un personaje valiente que tiene que enfrentarse a sus miedos.
  • Ayudar a exponerse gradualmente a la oscuridad. Si dormimos con él, podemos comenzar estando a su lado pero no dentro de la cama; después, estando en una habitación contigua… y así sucesivamente. Reforzar cada pequeño avance o progreso que dé (felicitándole, mostrándole nuestro orgullo o incluso con premios materiales que podrá canjear a través de fichas) y extinguir sus quejas. Animarle al afrontamiento, pero no forzarle a hacer algo que él no quiera hacer, como tampoco castigarle con encerrarle a oscuras en su habitación.
  • Ser firmes en la aplicación de las pautas: si acudimos cada vez que nos lo pide, si finalmente cedemos y volvemos a dormir con él, estaremos contribuyendo a mantener el problema.

Si el problema persiste, será necesario acudir a un profesional. En nuestra Clínica podemos ayudaros.

Para muestra un botón.

Veamos un ejemplo:

Jorge tiene 9 años. Cada noche, cuando llega la hora de dormir, empieza a ponerse nervioso. Cree que un monstruo puede aparecer en cualquier momento debajo de su cama, por la ventana o incluso estar dentro del armario. Su amigo Víctor le contó una terrible historia sobre cómo los monstruos se alimentaban de la noche, y después de ver al monstruo que salía en la última película que fueron a ver al cine no tuvo dudas: existían, y eso le daba miedo, mucho miedo. Al principio, bastaba con tener la luz encendida en el cuarto -así podría ahuyentarlo, pensaba-. Pero después pensó que no sería suficiente, y empezó a dormir con un pequeño oso de peluche que le regalaron de pequeño -de esta forma, estaba más seguro-.

Pero después esto tampoco fue suficiente, así que cada vez que llega la noche empieza a temblar, llora, grita y patalea intentando retrasar o incluso evitar dormir solo en su cama. Sus padres, preocupados por él, intentan calmarle yendo a su habitación cada vez que les llama, y finalmente se acuestan con él hasta que Jorge, ya seguro, se queda dormido.

Jorge realiza una serie de comportamientos que consiguen aliviar momentáneamente su ansiedad, además de otorgarle cierto control de la situación (dormir con la luz encendida y un muñeco de peluche o llamar la atención de sus padres para que estén con él y le den seguridad le hacen estar un poco menos nervioso), pero a largo plazo nunca son suficientes. ¿Por qué? Precisamente porque evitan que el niño se exponga a su miedo y compruebe por sí mismo que el miedo que teme no es real (“Uf, menos mal que he dado la luz, si no, el monstruo hubiese aparecido seguro”, podría pensar Jorge).

Abordando las necesidades del paciente con TDAH a lo largo de la Vida.
Empezando con buen pie
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