Tener presente qué cambios se dan en la adolescencia puede ayudar a comunicarnos y entendernos mejor con nuestros hijos. Es habitual que algunos padres acudan a la consulta preocupados por la relación que mantienen con sus hijos una vez iniciada la adolescencia.

No es tarea fácil dejar atrás la etapa infantil ni asumir las adversidades que surgirán en esta nueva etapa. Los cambios físicos y hormonales, la aparición de nuevos intereses e inquietudes, la búsqueda de una identidad personal, el aumento de la exigencia académica o las relaciones interpersonales, tanto con iguales como con la familia, son algunos de los retos a los que enfrentarse. Estos cambios no pasan desapercibidos tampoco para los padres, que en ocasiones, pueden experimentar cierto desasosiego ante nuevas conductas de nuestros hijos y tener la sensación de no saber cómo manejarse con ellos.

A veces, ante la adolescencia de los hijos se evoca la que tuvieron los propios padres poniéndose en juego nuevos elementos con los que lidiar en la relación padres-hijos.

La transición de la etapa infantil a la adolescente no es abrupta sino progresiva.

A veces no resulta tan evidente que nuestro hijo está dejando de ser un niño. Sin embargo, los padres pueden percibir que su hijo se muestra más irritable y contestón, o que cuesta más comunicarse con él, o que evita compartir sus preocupaciones y experiencias con adultos y prefiere hacerlo con sus amigos. Además puede mostrarse menos cariñoso: da menos besos y abrazos, e incluso se aparta ante los gestos de afecto por parte de los padres.

¿Por qué?

Esta situación puede generar intensa angustia en los padres porque al pensar que la relación con nuestro hijo se está deteriorando y hacernos sentir con menor capacidad de abordar esta nueva situación.

Algunas claves a tener en cuenta para manejar el paso de la infancia a la adolescencia de nuestros hijos:

  • Para favorecer un adecuado desarrollo emocional del menor, los padres tienen la compleja tarea de encontrar un equilibrio entre ser normativos y contingentes, sin dejar de ser afectuosos con los hijos. Se espera que puedan gestionar una adecuada regulación emocional y servir de estimulación en la adquisición de habilidades, conocimiento y pensamiento crítico, pero sin caer en una conducta sobreprotectora.
  • En ningún caso la educación y crianza de los hijos es tarea sencilla y a veces no se actúa propiciando una adecuada autonomía. La manera de interactuar con nuestros hijos debe ir adaptándose a su crecimiento, ya que sus necesidades cambian y no siempre se fomenta una diferenciación entre padres e hijos, necesaria para la construcción de su propia identidad.
  • En el paso de la infancia a la adolescencia, es frecuente que los padres pierdan protagonismo como referentes para sus hijos y que éstos busquen nuevas figuras con las que identificarse, como su propio grupo de iguales, su grupo de música favorito, personajes de una serie o una película…Buscan poder tener una identidad en la que definir sus gustos e intereses, tener su propio criterio y creencias, lo que a menudo implica pensar diferente a sus padres. Necesitan poder expresarse y ser escuchados y que sus padres les acepten como son. Pasan a mostrar interés por actividades distintas y es bastante común que quieran pasar más tiempo con amistades y fuera de casa que en el ámbito familiar. En algunos padres pueden surgir resistencias ante esta separación paulatina, pero poder entender esta necesidad del adolescente seguro que ayuda a manejarlo de otra manera.
  • En esta etapa cobra mayor importancia para los hijos tener un espacio propio e íntimo. Llamar a la puerta antes de entrar en su habitación o no mostrarse invasivo con sus enseres personales le hará ver que sus padres respetan su entorno privado. Dotarle de mayor responsabilidad en tareas de la casa o pactar que se haga cargo de su propio espacio (habitación, cama, ropa y armario…) puede ayudar a que se sientan mejor comprendidos y validados en este proceso de maduración.
  • La comunicación verbal y no verbal de los padres es un aspecto crucial durante el periodo de desarrollo de los hijos. La forma de dirigirnos y los mensajes transmitidos modularán en gran parte su sentimiento de valía y potenciales capacidades. En este sentido, mostrarse cercanos y con disposición de escuchar sus miedos, dudas y preguntas requiere que se dedique tiempo a los hijos fuera del horario de trabajo, tiempo en el que compartir experiencias y en el que se siga cuidando de la relación con nuestros hijos.

Ante la intensidad del proceso adolescente y las desavenencias con los hijos que pueden ir apareciendo, algunos padres pueden sentirse muy desbordados y es posible que surja la idea de recurrir a la ayuda de un profesional. Esta puede ser una alternativa y una valoración podrá orientarles sobre cómo proceder. También ayudará a poder distinguir si la adolescencia de sus hijos se está complicando con algún cuadro psicológico que precise de intervención específica.

 

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