Por Isabel Morales. Psicóloga, Psikids Pozuelo.

¡Ninguna emoción es mala!

La importancia de educar para tolerar la tristeza y la frustración.

Las familias cada día son más conscientes de la importancia de la educación emocional de sus hijos, quedando atrás de la idea de que el desarrollo cognitivo del niño supone el elemento central que garantiza su bienestar en el futuro.

Sin embargo, en el siguiente ejemplo que planteo se entrevé que se educa a los niños basándose en las emociones positivas evitando las menos agradables:

–          Terapeuta: ¿Qué hacéis cuando vuestro hijo expresa alegría, sonriendo, por ejemplo?

–          Padre: reír con él.

–          Madre: disfrutar de su sonrisa.

–          Terapeuta: y,  ¿Qué hacéis cuando vuestro hijo expresa la tristeza mediante el llanto?

–          Padre: decirle que no llore.

–          Madre: decirle que se tranquilice que no pasa nada.

Este ejemplo ilustraría la base educativa de nuestros tiempos, les educamos para no expresar la tristeza.  A ningún padre se le pasaría por la cabeza decirle que deje de expresar la alegría, pero sí tratamos de frenar la expresión de la tristeza o la frustración.

Nos genera malestar y angustia ver a nuestros hijos tristes porque se les ha roto un juguete y les compramos otro para frenar esa emoción que resulta tan desagradable. Sin embargo,  la tristeza,  la frustración, es una emoción igual que los son el miedo, la ira o la alegría y por tanto desempeñan una función. Se experimenta tristeza, rabia o frustración, cuando nos sentimos amenazados o percibimos una posible pérdida adquiriendo estas emociones un valor sumamente adaptativo.

Esto no implica de ninguna manera que no protejamos y cuidemos a nuestros hijos. Educar en las emociones implica impedir que nuestro hijo sufra innecesariamente. Sin embargo, también hay que enseñarle a afrontar problemas, esperar turnos, superar una pérdida de un ser querido, etc.

Los niños que aprenden a realizar una adecuada identificación y autorregulación de las emociones menos agradables, experimentarán un recuperación más rápida evitando que se cronifiquen emociones desagradables, desarrollarán una autoestima más realista y sólida, serán más tolerantes con la frustración y presentarán un menor número de conductas de riesgo durante su desarrollo.

Hay que reforzar positivamente el hecho de expresar sus emociones.

¡Ninguna emoción es mala!

 

 

 

 

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