Inevitablemente, el inicio de la pubertad y adolescencia de los hijos, genera una serie de expectativas en los padres. Y llegado ese momento, su comportamiento más individualista y gregario, yo no orientado a la familia, sino con los iguales, nos hace presuponer que debería acompañarse de una autonomía funcional. Pero la realidad es que esto no siempre se produce, y con frecuencia escuchamos a los padres en la consulta, decir cosas como: es independiente para lo que quiere. La pregunta que me suscita este tipo de afirmaciones es: ¿los hemos entrenado para ser igual de autónomos en todas los áreas de su vida?. y si somos sinceros, reconocemos que no.

Socialmente, por ejemplo, vamos favoreciendo esa autonomía, al paso que nos marca el entorno. Primero organizan cumpleaños con sus compañeros de clase, después empiezan a irse a jugar a las casas de los amigos, más adelante empiezan a querer ir solos al cine o merendar, y así progresivamente. Como ese crecimiento lo pauta la norma de nuestro entorno, nos es más fácil adecuarnos al ritmo natural, aunque luego cada cual ponga sus límites.

Por lo contrario, ¿qué pasa con el desarrollo de la autonomía en casa?. Pues entre otras cosas que no tenemos un enmarque de referencia, por lo tanto nos sentimos perdidos en lo que en cada momento evolutivo, podemos “exigir”a nuestros hijos.

Realmente la solución no es adherirnos de manera rígida a esas tablas tipo “tareas cada niño está preparado hacer a cada edad”. Hay que partir de la base de que cada niño tiene su propio desarrollo, y en en base a eso podremos exigirle unas cosas u otras. Pero si es importante, entender que si no estimulamos su autonomía como un proceso desde los primeros años de vida, no podemos pretender que llegados a la adolescencia sean chicos responsables con sus obligaciones cotidianas.

¿Y cómo podemos conseguir ese objetivo? Pues no es fácil, especialmente cuando la mayor parte de las rutinas diarias las llevamos a cabo bajo la presión del “maldito reloj”. Pero a veces incorporar pequeños cambios, da lugar resultados significativos. El simple hecho de adelantar nuestra hora despertarnos 10 minutos, nos va a permitir estar con nuestros hijos mientras se visten en el periodo en que tienen que aprender a hacerlo solos, de este modo podemos ir marcándole los pasos y supervisar lo que van haciendo, como paso intermedio, entre vestirles y que se vistan solos, ademas de mejorar el ambiente matinal, evitando el “control remoto“ a voces desde otra habitación preguntando ¿¡Como vais? !Mientras ellos ya han olvidado lo que tenian que hacer y se distraen con cualquier otro entretenimiento.

Otro ejemplo, es cuando tratamos de “imponer” el tipo de tareas con las que queremos que colaboren en casa. Ese es el objetivo: que participen en el adecuado funcionamiento de la familia, haciéndose responsable de alguna tarea doméstica ¿no? Entonces ¿ por que no pueden elegir, entre unas cuantas propuestas, con cual se sienten más capaces de comprometerse?. Con este tipo de pequeños cambio el aprendizaje de autonomía se realiza de una manera natural y progresiva.

Seamos sinceros, a veces “el maldito reloj” nos hace encontrarnos haciéndoles las cosas, porque así terminamos antes, cayendo en el cortoplacismo, sin ser conscientes de que de esa manera a medio y largo plazo limitamos su maduración y autonomía. Por lo tanto, aceptemos el reto del margen de los 10 minutos. Acostarte 10 minutos antes o después no tiene ningún tipo de impacto en el descanso y si favorece que se pueden hacer una supervisión del proceso de autonomía e independencia de nuestros hijos, en la adquisición de responsabilidades que favorecerán su desarrollo y funcionalidad general.

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