¿A qué nos referimos con “castigos”?

Cuando hablamos de castigos, nos referimos a aquellas acciones que utilizamos para poner límites a nuestros hijos y que suponen una situación aversiva para él: la retirada de un privilegio, una regañina o, incluso, una bofetada.

Sabemos que los castigos generan mucha frustración y repercuten directamente sobre la autoestima del niño. Además, numerosos estudios demuestran que no son la forma más eficaz para cambiar una conducta. Sin embargo, cuando nuestros hijos hacen algo mal o que es peligroso para ellos mismos, nos solemos poner nerviosos y, en consecuencia, los castigamos a falta de una alternativa mejor.

Entonces, ¿no deberíamos poner límites?

Al contrario, los límites son fundamentales para el correcto desarrollo psicosocial de todas las personas. No nacemos sabiendo lo que es correcto y lo que no para poder funcionar en una sociedad, de la misma manera que tampoco sabemos lo que es bueno y lo que no para nosotros. Todo este conocimiento lo adquirimos de nuestros padres y otras figuras de referencia.

Al poner límites a nuestros hijos, les estamos dando una estructura a la que atenerse al mismo tiempo que les ayudamos a desarrollar sus funciones cognitivas de autocontrol y autorregulación.

Reforzar las conductas que nos interesan

Muchas veces estamos esperando que nuestro hijo “vuelva a liarla” y, en cuanto lo hace, saltamos. Sin embargo, centrarnos en cuándo lo está haciendo correctamente y no cuando está incumpliendo la norma es mucho más eficaz a la hora de cambiar una conducta, especialmente cuando esta ya está muy instaurada.

Tomemos como ejemplo el caso del niño que siempre que llega la hora de ducharse hace una rabieta. Pongamos que un día, el niño obedece sin hacer la rabieta. En este caso es fundamental reconocerle lo bien que lo ha hecho y valorarlo. Es importante tener en cuenta que tenemos que reforzar cualquier mejoría, aunque la conducta final no haya sido perfecta. Por ejemplo, si ha dicho que no quería pero no ha montado una rabieta.

¡Ojo! no estamos hablando de refuerzos materiales como un premio o una chuchería, ni de refuerzos que impliquen librarse de alguna otra norma de la casa como, por ejemplo, no ver la tele después de cenar.

Los mejores refuerzos son aquellos que consisten en muestras de cariño y atención como, por ejemplo, utilizar el tiempo que hemos conseguido ahorrarnos sin la rabieta para jugar juntos un ratito después de la ducha.

¿Y qué hacemos cuando no podemos esperar a que lo haga bien?

Hay situaciones, especialmente aquellas que implican la seguridad del niño o de otro, en las que no podemos esperar a que se le ocurra hacerlo correctamente.

En estos casos lo importante es impedir que llegue a hacer lo que busca, anticipándonos.  Por ejemplo, si vemos que nuestros hijos están jugando entre ellos y llega un punto en el que vemos que el juego se está yendo de las manos, podemos advertirles tranquilamente que no queremos que se peguen, dándoles así la oportunidad de rectificar.

Hay ocasiones, sin embargo, en las que no nos da tiempo a anticiparnos y les pillamos “con las manos en la masa” por ejemplo, comiendo chucherías a destiempo. En esas ocasiones podemos decirles de manera firme y tranquila que no queremos que hagan eso, al mismo tiempo que les apartamos de la situación.

Es también muy importante enseñarles que pueden hacer algo por remediar lo que ya han hecho mal: pidiendo perdón, recogiendo lo que han tirado, arreglando lo que han roto, etc. Esto les ayudará a aliviar el sentimiento de culpa y la frustración de no haber conseguido hacerlo correctamente.

A la hora de poner límites es fundamental que se apliquen de manera consistente dentro de la familia para que el niño no aprenda que los límites y normas son arbitrarias y que pueden saltárselos dependiendo de quién esté delante. Para esto es conveniente que los padres acordemos previamente qué normas consideramos que son importantes para nuestro hijo. Es más, cuando el niño es algo más mayor se le puede incluir en estos acuerdos y decidir conjuntamente qué queremos conseguir y cómo lo vamos a hacer, pudiendo incluso redactar un contracto conductual. Esto hará que nuestro hijo sienta que sus necesidades y sentimientos son también tenidos en cuenta lo que tendrá un efecto positivo directo sobre su autoestima.

¿Por qué parece que a mi hijo le dan igual las normas?

En muchas ocasiones vemos que por más que regañamos a nuestros hijos y les decimos que no pueden hacer algo, parece que no se enteran.

Lo que ocurre es que tendemos a utilizar el mismo tipo de castigo o regañina independientemente de la falta que hayan cometido haciendo que, finalmente, se habitúen a éstas y ya no tengan ningún efecto. Esto es muy grave ya que en el caso de que hagan algo que realmente sea grave, como pueda ser una gran falta de respeto a alguien, nos quedemos sin herramientas útiles con las que controlar esa conducta.

Por el contrario, si los castigos y las regañinas no son una práctica habitual, aparte de que el entorno familiar será más agradable y menos desgastante para nosotros, siempre nos quedará esa opción para los “casos extremos”.

Taller de Inteligencia Emocional
Bases del XV Concurso de Postales Navideñas

¡Suscríbete a nuestro blog para no perderte nada!

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a Escuela de Padres by PsiKids y recibir notificaciones de nuevas entradas.