En una sociedad en la que el estrés es enemigo de nuestro día a día, donde la queja está instaurada como parte del vocabulario, las exigencias propias se proyectan en otros, y la frustración aparece tan pronto como no es posible el cumplimiento inmediato de nuestros objetivos, es fácil caer en formas inadecuadas de comunicación que pueden llegar a ser dañinas para los demás y para uno mismo.

Quien pierde las formas, pierde  la razón

Si las palabras pueden causar daño, éste se multiplica cuando el modo de transmitirlas no es el adecuado si hablamos en términos de empatía. La persona que recibe un mensaje en tono agresivo tiende a hacerlo desde la óptica negativa, sintiéndose dañada, y dando más importancia a lo que está sintiendo que a la información en sí, lo que retarda el desempeño de lo que es el propósito inicial del hablante, quien habrá logrado que su información pierda peso dado el  estilo inapropiado utilizado para transmitir la información. Quien pierde las formas, habitualmente, pierde la razón, por lo que es aconsejable cuidar fondo y forma.

Y es así cómo la asertividad se sitúa en ese punto medio justo entre la comunicación pasiva y la agresiva. Y como ningún extremo se hace querer, lo pasivo tiene consecuencias negativas en tanto que la persona que opta por una actitud y comunicación pasiva no se deja conocer, no se gana la confianza de los demás,y acaba por ser buen compañero/a de conversaciones y planes superfluos.

¿Cómo podemos mejorar nuestra asertividad?

Así que, hagamos un acto de reflexión y pensemos cuánto de asertivos somos.

La asertividad es una forma de comunicación en la que el hablante expone sus opiniones desde el respeto y la educación, sin tratar de dañar al oyente, aunque la respuesta de este último no sea la esperada por el primero. La clave está en que uno puede defender sus derechos sin tener que acatar con órdenes “porque sí”.

La buena nueva es que ser asertivo está al alcance de todos y es cuestión de entrenarlo. Para ello, te ayudarán estos tips:

  • Cambia las demandas por peticiones. Una cosa es exigir y otra es pedir por favor, en este último caso, se demuestra respeto por el otro y se mejora la comunicación.
  • Haz preguntas, ahórrate las acusaciones. Dar por hecho algo de la otra persona y hacerla culpable de ello no favorece la comunicación sana, todo lo contrario, ante la acusación, surge la defensa, lo que suele terminar en discusión.
  • Si tienes que señalar algo negativo de la otra persona, no hables de su forma de ser sino de sus actos. Lo primero hace referencia a su persona, a su esencia, lo segundo a algo circunstancial y más fácil de modificar.
  • No acumules emociones negativas, exprésalas. Si acumulas durante mucho tiempo, puedes tener el efecto de olla exprés, acabarás explotando si no lo dejas salir poco a poco.
  • No incurras en sacar todos los trapos sucios. Trata de centrarte en el problema y de ponerte en el lugar de la otra persona.
  • Evita las generalizaciones. Nunca y siempre son extremos, no saques las cosas de quicio.
  • Piensa en las consecuencias antes de hablar. A veces pecamos de querer ser asertivos sin tener en cuenta las consecuencias, lo que puede acabar en un nuevo problema que no esperábamos.
  • Comunicación verbal y no verbal han de ir de la mano. Esto es, expresa lo mismo que dices con tus gestos; si no se corresponden, algo no cuadra en tus palabras.

 

¡Ánimo, tú también puedes ser asertivo!

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