Hoy en día los límites y las normas son un tema de interés compartido cuando hablamos de infancia, crianza y educación.  Los padres son conscientes de que ambos conceptos son necesarios e importantes para el crecimiento de sus hijos. Sin embargo, muchos de estos padres se encuentran con serias dificultades para decir NO a sus hijos. Hoy os voy a enseñar cómo decir NO, para ayudar a crecer a tus hijos.

Primeros pasos

Trabajar los límites no es hablar de limitaciones, sino de protección. El término de límite parece estar vinculado a autoritarismo pero es tan solo una asociación semántica. Realmente, saber decir NO y marcar los límites implica cariño, cuidado, preocupación, perseverancia.

Cuando los padres le dicen a su hijo “eso NO se puede hacer” están marcando límites, y eso es algo necesario para el crecimiento.

Ayuda a los niños a conocer lo que es bueno para ellos y lo que no. Permite que aprendan a evitar el peligro con la guía certera que proporcionan los padres.

Las reglas del juego

Ponerse en el lugar del niño y en su pensamiento facilita este difícil trabajo de negar determinados permisos y de limitar conductas. Durante la infancia prima en su totalidad el principio de placer, es decir, los niños hacen lo que hacen porque buscan su placer, no es para fastidiar a los padres. Por eso prefieren comer chucherías a verdura, jugar que recoger, ver la tele en vez de ducharse. Por tanto los padres son los responsables de marcarles lo que deben hacer si es bueno para ellos, aunque no les guste. Sería estupendo que los niños lo hicieran sin confrontaciones, pero pretender que acepten todas las nomas y las comprendan es asumir unas expectativas irreales.

Establecer normas, marcar los límites del comportamiento de los hijos o frustrar algunos de sus deseos porque no son adecuados, en definitiva, decir NO, es una tarea realmente complicada.

Las normas son frustrantes y estresantes para padres e hijos. Limitantes de las satisfacciones inmediatas pero tienden a impulsar el crecimiento y la individuación, requiriendo, para no ser saboteadas, del acuerdo y participación conjunta de ambos progenitores. Su tiempo es el futuro.

Las dificultades nacen de una serie de pensamientos que limitan la capacidad para ser firmes y enturbian la finalidad. Como por ejemplo: No quiero enfadarme con mi hijo, “No quiero que mi hijo se enfade conmigo”, “No quiero ser autoritario”, “Me da pena ponerle normas y que no le gusten, puede que me esté equivocando”, “Soy mala madre o mal padre por ello”, “Si le pongo límites dejará de quererme”, ”Para el poco tiempo que paso con él, con todo lo que trabajo, no voy a estar poniéndole reglas y reglas”.

Decir NO exige mucho más amor parental que satisfacer a los hijos en todo. Exige vencer estos temores y confiar en que la familia es el marco continente en el que el niño crece. Ese marco no es pasivo, los hijos no crecen solos. Los hacemos crecer los padres.

Del dicho al hecho, hay un trecho

No existen los manuales para padres, pero sí podemos tener en la cabeza los siguientes supuestos para poner límites de manera adecuada.

  • Ser coherentes: seamos un ejemplo a seguir ya que los niños aprenden tanto por los mensajes que les llegan como por imitación.
  • Creer en lo que se transmite: Cuando establecemos límites, transmitimos enseñanzas. Transmitimos nuestro conocimiento.
  • Ser firmes, empáticos: Esperamos que no les moleste irse a la ducha, cedemos para que vayan más tarde y no se enfaden pero, ¿acaso no es más divertido jugar que ducharse y por ello se resisten? Entendámoslos, respetemos su molestia, acompañémosles y mantengámonos firmes porque lo que se les propone es importante.
  • Mantener el modelo de premios y castigos: Más allá de las objeciones de nuevas líneas pedagógicas, la pretensión de lograr una educación que prescinda del premio y el castigo es soberbia e irreal. La educación no puede ser algo sofisticado y artificial sino algo natural, un anticipo de la vida. Y nos guste o no, la vida tiene, todavía, estos métodos rudimentarios, cuando nos portamos bien nos premia, cuando nos portamos mal nos castiga. ¿Por qué entonces no adelantarnos a la experiencia futura? ¿Por qué no educamos al niño para que sea un buen adulto? ¿Acaso la vida no es más dura que los padres?
  • Hacer es distinto a ser: Los niños no son malos, experimentan, prueban, exploran, luchan por sus derechos con rabietas. Por ello es importante el mensaje que les transmitamos. Si se identifican con ser un “niño malo”, cabe la posibilidad de que pierdan la esperanza en hacer las cosas mejor, intentarlo porque su pensamiento es concreto.

Si sigues estos consejos, el decir NO a tus hijos te será más fácil y llevadero.

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